miércoles, octubre 28, 2026

Extracto de una entrevista a Raúl Zurita

 

Trabajo con mi vida, y no porque crea que tiene algo de especial, al contrario, sino porque creo que si somos capaces de llegar al fondo de nosotros mismos sin autocompasión, ni falsa solidaridad, es posible que estemos tocando el fondo de la humanidad entera. Creo que todo lo que pude hacer permanece ahí, en esos intentos. Escribo desde un cuerpo que se dobla, que se tensa por los efectos del Parkinson, que tiembla, que avanza y cae, y encuentro hermosa mi enfermedad, siento que es hermoso mi temblor, que es hermosa mi dificultad para sostener estos papeles que ahora leo. En la otra cara herida de este mundo escribo acerca de este cuerpo, sobre los dolores que causo a otros y que me inflijo a mí mismo; grabo mis poemas sobre la piel.


Sólo los enfermos, los débiles y los heridos son capaces de crear obras maestras. Siento que escribo desde una cierta desesperación irremediable y, al mismo tiempo, desde una alegría incontenible. Una alegría extraña, porque es como si naciera de la dificultad de ser feliz. Del encuentro con estos fantasmas nace mi escritura. Escribir es como las cenizas que quedan de un cuerpo quemado. Para escribir hay que quemarse completamente, consumirse hasta que no quede el fragmento de un músculo, ni de un hueso, ni de la carne. Es un sacrificio absoluto y, al mismo tiempo, la interrupción de la muerte. Es algo concreto; cuando escribes suspendes la vida, por tanto, también suspendes la muerte. Escribo porque es mi ejercicio privado de resurrección.

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