sábado, marzo 21, 2026

 


Yo creo que el amor funciona así: cada vez que alguien ama a otro alguien (humano, montaña, perro, árbol, pájaro, culebra, gato, glaciar), el amor toma a ese alguien amado, que está afuera, y lo refleja hacia adentro del que siente el amor, creándole un paisaje interno que a medida que se enriquece con nuevos amores se va volviendo más y más amplio. Si el que siente amor es un humano que se empeña en amar solamente a otros humanos, su paisaje interno será un espacio lleno de reflejos de humanos y vacío de reflejos de cualquier otra cosa. Si el que siente el amor es un humano que ama humanos y también ama montañas, perros, árboles, pájaros, culebras, gatos y glaciares, entonces su paisaje interno tendrá que ser mucho más grande para que quepan los reflejos de todas esas personas, y así, sin enterarse, el humano que siente esos amores también le regala al reflejo de los graciares un refljo de una montaña en la que pueden apoyarse, y a los reflejos de pájaros les regala reflejos de árboles en los que pueden anidar, y así con todo lo que ama, potencialmente hasta el infinito. O sea, es como si el amor fuera coleccionista y su propósito fuera el de ayudar a nacer nuevos universos reflejados dentro de todos los seres capaces de amar.

Y creo que así funciona el dolor de la ausencia, cuando alguien amado (humano, montaña, perro, árbol, pájaro, culebra, gato, glaciar) muere o desaparece, el dolor llega al paisaje interno y ocupa ese vacío que quedó, y se va regando por sus formas intangibles hasta que deja untados a todos los reflejos con los que esa ausencia está conectada. Entonces, por ejemplo, en mi paisaje interno existe un reflejo de los glaciares tropicales que amo y que están desapareciendo. Cuando ya no estén más, el dolor va a llenar el espacio que antes ocupaban los glaciares y se va a ir regando y se va a mezclar con la neblina y con las montañas que los sostenía, y se va a mezclar con la neblina y con las lagunas, y se va a meter entre las plumas de los pájaros y entre los pelos de las hojas de los frailejones, y así hasta que todo en mi paisaje interno esté untado de dolor. Y luego el dolor mismo va a darle nuevas formas y nuevos brillos a ese paisaje. No se va a ir, pero se va a volver más blandito, más transparente, hasta que el paisaje se vuelva a ver casi como antes. Nunca igual. 

Mariana Matija
Niñapájaroglaciar 



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